Visitaron esa ciudad que tanto ahnelaban y se quedaron saludando a un perro. Esa sensación a casa que no buscaban pero que les reconfortaba, les hizo entender de dónde venían, aunque no a dónde llegarían.
Él se quedó dibujando paisajes que veía en esos momentos y ella fotografiaba los momentos. Ambos con impresionante talento. En la esquina de la plaza principal había un violinista, el cual era acompañado por un acordeón, tocando piezas musicales propias y de belleza extrema.
Hacía frío en esa ciudad ese día y, luego de pasear por el centro, entraron a un restaurant a tomar café, aunque como poco sabían de su idioma hicieron algunas señas que fueron bien comprendidas.
Allí se quedaron. Aprendieron lo bueno y malo de esa ciudad y se acostumbraron a su idioma y costumbres, por varios años.
Y luego se separaron, a buscar nuevas sensaciones y personas con quien estar. No sé si se volvieron a hablar.
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